Desde el principio de los tiempos, unos pueblos han conquistado a otros, casi siempre a sangre y fuego. Casi todas las grandes figuras de la Historia fueron conquistadores: Alejandro Magno, Ciro, Julio César, Gengis Khan, Carlomagno, Saladino y así hasta Napoleón. En todos los continentes hubo imperios que se formaron por la violencia, desde Roma al Tahuantinsuyo, el mongol, el chino, el almorávide, etíope o el Songhai, la lista es interminable. Los españoles conquistaron casi todo un continente y el océano más grande del planeta, pero casi todo ello con la diplomacia, consiguiendo aliados. En ocasiones, en cambio, hubo que utilizar la guerra.
En la guerra siempre hay muertos, pero eso no es un genocidio. Además, los españoles llevaron a cabo la conquista con un porcentaje mínimo de tropas de origen europeo, 600 en Mesoamérica y 170 en Perú, entre 10.000 indígenas aliados, en cada caso. Por ejemplo, en el cementerio de Puruchuco, se comprueba la proporción entre las momias con heridas en combate de armas españolas y las que las presentan provocadas por las armas indígenas. Genocidio hubo en los dominios anglosajones, holandeses y franceses, donde prácticamente sus nativos fueron extinguidos. Siguiendo el patrón exterminador, los británicos practicaron el genocidio ccon los aborígenes australianos; además, causaron la muerte de decenas de miles de irlandeses y de millones de bengalíes. Al contrario es lo que ocurrió en los territorios españoles. Hispanoamérica está llena de indígenas.
Los mexicas sometieron a sus vecinos y querían conseguir víctimas para sus sacrificios. Los ingleses, franceses, japoneses, musulmanes, turcos, etc., invadían o extorsionaban pueblos y más pueblos, para convertirlos en posesiones o tributarios. Casi todas las acciones humanas son por codicia, pero los españoles son los que menos pecaron de ese vicio. Además, la mitad de los indígenas eran aliados, que hubieran dejado de serlo, si se hubieran dedicado a saquearlos o explotarlos. Y si dejaban de ser aliados, se hubieran convertido en enemigos. ¿Como iban a luchar unos pocos miles de españoles que estaban en América solos contra millones?. Incluso después de las epidemias, la población indígena nunca bajó de varios millones.
Estados Unidos ocupó en 1848 el 52% del territorio mexicano. Más de dos millones de kilómetros cuadrados. En esa franja aproximadamente estaba la Apachería, que es como se denomina la región en la que se asentaron los apaches, cuando atravesaron las fronteras del imperio español, en el siglo XVIII, buscando protección frente a las feroces incursiones de los comanches. El primer documento que menciona la existencia de los apaches se escribió en Taos en 1702. En 1720 llega allí una embajada apache, solicitando permiso para asentarse en el territorio, permiso que es concedido por el gobernador español. Sigue un largo y difícil proceso para acomodar a los apaches en una región donde ya había otros pueblos que no sentían mucha simpatía hacia ellos (El silencio tiene un precio, Roca Barea, Revista de Occidente, 2018).
Por consiguiente, la puesta en escena mil veces repetida en el wéstern según la cual los blancos avanzan con sus carretas desde el oeste, por territorio inexplorado y habitado por tribus hostiles que nunca han tenido contacto con el hombre blanco, es completamente falsa. La verdadera realidad con la que el blanco protestante se tropezó conforme ocupaba la mayor parte de los territorios fue un mundo hispanomestizo, donde había pueblos y se hablaba español, entre otras lenguas. Más o menos lo mismo que había en Arizpe —hoy, en el estado mexicano de Sonora—, donde Gerónimo nació el 1 de junio de 1821. La localidad fue fundada por el jesuita Jerónimo del Canal, por eso el nombre era frecuente entre los bendokes. Estaban bautizados Gerónimo y sus padres, y se conservan las partidas de bautismo recientemente descubiertas (Apaches. Fantasmas de Sierra Madre, Manuel Rojas, 2008). Eran sedentarios y productivos, es decir, no se dedicaban a las correrías depredatorias. Eso vino después, cuando entre las autoridades mexicanas y las estadounidenses no les dejaron otra opción para sobrevivir.
Acaba de publicarse en España "Ahora me rindo y esto es todo" (Anagrama), del mexicano Álvaro Enrigue. A medio camino entre la reivindicación y el homenaje, Enrigue intenta rescatar del olvido la vida de la Apachería, asombrado de haber descubierto un buen día que Gerónimo era “más mexicano que la salsa verde”. El novelista en cambio no parece asombrarse ni preguntarse por qué ha llegado a la edad adulta desconociendo esta parte de la historia mexicana, que yace en el olvido más profundo. No por casualidad. Se limita a culpar a los yanquis y al wéstern por haber ofrecido, popularizado y exportado una versión completamente falsa de la realidad. Y es cierto: el wéstern es una falsificación, desde "La diligencia" (1939) hasta "Django Unchained" (2012), pasando por Kung-Fu. Pero las razones por las cuales Enrigue y la inmensa mayoría de los mexicanos no sabe nada de Gerónimo, ni de la verdadera historia de la Apachería, no están solo en Estados Unidos. También están en el mismo México y tienen mucho que ver con la persecución implacable a que sucesivos gobiernos mexicanos sometieron a estas gentes, después de la independencia. Véase "Las gratificaciones por cabellera. Una táctica en el combate a los apaches, 1830-1880", Ignacio Almada Bay y Norma de León Figueroa (Intersticios Sociales 11, 2016).
En el continente europeo, en relación con los judíos, el resto de europeos —los que ahora nos acusan de expulsar a los judíos— ya los habían echado de sus reinos años antes, a menudo tras pogromos en los que asesinaron a multitud de ellos; y en aquellos tiempos nos acusaban precisamente por no hacer lo mismo: que habíamos pervertido nuestra sangre europea al mezclarla con judía, mora e indígena es algo que se nos ha afeado hasta tiempos muy recientes. En cuanto a fanatismo religioso, los musulmanes no siempre fueron tolerantes, incluso a día de hoy se producen asesinatos de cristianos y en muchos países islámicos vas a la cárcel si se intenta predicar otra religión. Y el resto de europeos, ¿cuántos católicos se cargaron los ingleses? Solo Cronwell liquidó a más católicos que protestantes España en toda su Historia; y antes que él Enrique VIII o Elizabeth I, ya se habían despachado a gusto. Los Luteranos, por otra parte, pasaron por la hoguera a unas 25.000 personas acusadas de brujería; Inglaterra a 1.500, la siempre luminosa Francia a 4.000: la Inquisición Española a 27. En medio de la locura colectiva que cubrió Europa, en España solo se quemó a 27 brujas. Y ya que mencionamos a la Francia de las Luces, allí fueron perseguidos por sus escritos Moliere, Villon, Rabelais, Voltaire, Verlaine, Victor Hugo, Rimbaud, Chateaubriand, Emile Zola. En las Españas, cualquiera podía leer los libros prohibidos con tal de conseguir un permiso, que se daba por acreditar buena formación y pagar una tasa.
Como todas las sociedades europeas de la época, hubo privilegios clasistas; un noble tenía privilegios sobre un plebeyo. Esto también ocurría en las sociedades nativas americanas, no era lo mismo un sacerdote o un guerrero jaguar que un miserable macehual. Pero esta discriminación era por clase, no por raza o color. Se reconoció a la nobleza indígena, de la que la mayoría fue educada en centros erigidos exprofeso, y hubo indios universitarios, militares y políticos. Igualmente los criollos, que heredaban las fortunas levantadas por sus padres peninsulares, ostentaban sin discusión el poder económico y dominaban el político local en los cabildos de sus ciudades, alcanzando algunos de ellos los más altos cargos de Virreyes. El colombiano Don Joaquín de Mosquera y Figueroa fue presidente del Consejo de Regencia, es decir, actuó como Rey de España durante el secuestro de Fernando VII. ¿Eso es discriminación? Discriminados estaban los colonos blancos de las Trece Colonias, que sí eran ciudadanos de segunda; por eso se rebelaron contra su Rey, y no digamos los mexicanos en las tierras que USA robó en 1848, o los inmigrantes chinos en el mismo país.
En relación con la lacra de la esclavitud: en las conquistas de la antigüedad, los prisioneros eran esclavizados. Era práctica habitual entre persas, griegos y romanos. El deporte favorito de los sarracenos eran las aceifas (razzias) por tierras cristianas para capturar esclavos. Los piratas berberiscos asolaron nuestras costas con el mismo fin. En América, la Reina Isabel prohibió esclavizar a los nativos (que antes de la llegada de los españoles se esclavizaban entre si; incluso algún naufrago español sufrió la esclavitud a sus manos). En un primer momento costó hacer cumplir la medida; era un Mundo nuevo y lejano, no siempre había medios para imponer la Ley, pero al cabo de unos años se consiguió. En cuanto a los africanos, eran capturados por pueblos igualmente africanos rivales, árabes o portugueses, y traídos por estos o por los ingleses (que nunca rehusaron traficar con cualquier mercancía que les diese beneficios: esclavos, opio, armas...). Se contaron con los dedos los barcos negreros españoles, que —infringiendo las leyes españolas— se limitaban a comprarlos y utilizarlos, en unas condiciones muchas veces duras para ellos, sin duda, pero con unas garantías y derechos que en ningún modo tenían los que estaban en poder de franceses, alemanes o británicos, hasta el punto de que los que podían, huían de sus amos para refugiarse en territorio hispano, cuando jamás se dio el caso contrario.
Fuentes: María Elvira Roca Barea (El País), Alejandro Domínguez Antas (Google), Apachería (web) , Ignacio Almada Bay y Norma de León Figueroa (Intersticios Sociales).